lunes, 4 de septiembre de 2017

Adormidera


 Adormidera

Cada noche papá entra en mi cuarto, abre las ventanas y cuenta hasta tres. Asegura que esa tercera, la estrella más brillante, es mamá vigilándonos desde el cielo. El pobre no sabe que mamá me enseñó los nombres de las estrellas, y esa que él se empeña en señalar no es más que Sirio.

Montaña Campón 


Esta noche te cuento, temporada 2013

martes, 29 de agosto de 2017

No soy tu vertedero




No soy tu vertedero

Con las lluvias torrenciales el agua recoge del barranco pañuelos sucios, pañales, toallitas. Juguetea entre el motor de una lavadora abandonada en el cauce y los muelles de un colchón antiguo. Relame la cerámica de un inodoro, sobresalta las tablas de algún palé, serpentea entre las huellas de una bota. Remolinea con la goma de un neumático. Arrastra a su paso latas oxidadas, botellas de cristal y bolsas de plástico. Hace presa con los peces muertos que quisieron desovar y solo encontraron grietas en la tierra. Coquetea con los ácidos de una química. Burbujea con los detergentes de lavar el coche, se evade entre envases de medicamentos que alguién arrojó. Se cuela por las hendeduras de la piedra, se filtra gota a gota por el interior de la montaña y baja hasta el manantial que riega el pueblo. Hace unos días han clausurado la fuente. Según dicen, el agua ha dejado de ser potable.

Montaña Campón

Microrrelato ganador en el Certamen Microcuentos para aprender, Asociación Gaia Amigas y Amigos de la Tierra. Junio 2017


jueves, 10 de agosto de 2017

Picatostes



Texto preseleccionado en el certamen Jara Carrillo de Alcantarilla, Murcia 2009
Texto seleccionado entre los 200 finalistas premio cosecha eñe 2010

PICATOSTES

Un día llovió tanto, que a mi casa le salieron ancas, y se fue pegando brincos hasta el río. Mis convecinos se llevaron las manos a la cabeza, incrédulos y acobardados, pero yo, que tenía la mitad de la hipoteca pagada, no lo dudé un segundo, y sin necesidad de ancas y sin previo aviso en el trabajo, me fui tras ella. Me aproximé a nado demostrando mi pericia en el estilo “perrocallejero”, es decir, braceando de lado como tantas veces vi hacerlo a mi padre, antes de aquel fatídico día en que se ahogó en una piscina de plástico. Mas mentiría si dijera que fue fácil alcanzar la puerta de entrada: hasta en tres ocasiones estuve a punto de darme por vencido, pero jaleado desde la orilla por los aldeanos, y sabiendo que tenía puesta una lavadora con mis leotardos de la suerte, me vine arriba, y sin escalones, ni umbral, ni rastro de su existencia, atiné a tocar el timbre. Esperé pacientemente chapoteando boca arriba, y saludando con la mano a quienes aguardaban el fatal desenlace de mi aventura, o sea, que pereciese en el intento de entrar en casa, supongo que para hacerse con ella a un precio razonable. Como nadie abrió, caí en la cuenta de que vivía solo. Registré mis bolsillos y advertí que había vuelto a perder las llaves, cuarenta copias en dos meses, una pasta en acero lleno de muescas y aritos de goma de colores para distinguir unas de otras.  En fin, que allí me hallaba yo, intentando mantenerme a flote asido al pomo labrado de la puerta principal, observado por unos extraños individuos que menguaban a medida que me alejaba de la orilla, y que coreaban mi nombre en un idioma casi ininteligible para mí, porque tenía los oídos llenos de agua, y el agua en los oídos ya se sabe que tapona. Así pues, sordo, mojado de los pies a la cabeza, exhausto por el esfuerzo de la natación-flote, y preocupado por las horas de ausencia en el trabajo, recordé que había dejado una ventana abierta en el primer piso, justo la del baño, para airear ciertas emanaciones matutinas. Como una lagartija acuática, me deslicé hasta la columna del porche, y como una lagartija común trepé columna arriba hasta dar con la ventana providencialmente abierta. Entré en mi casa cual lagartija común empapada cual lagartija acuática, y cuando fui a celebrarlo, dirigiendo el dedo corazón a los que con tanto desasosiego habían seguido mis peripecias, y allí no quedaba ya bicho viviente, comprendí que navegaba solo río abajo. Al menos estaba en casa. Mi soledad duró veinte segundos, pues nada más salir al pasillo, mi perro Tobi, y que conste que nunca he tenido perro, se abalanzó sobre mí para morderme las deportivas. Tobi fue el nombre que se me ocurrió ponerle a aquella rata agresiva de kilo y medio, que probablemente había salido de mi sótano, probablemente anegado. No hubiera podido soportar su presencia de no haberla imaginado perro, así que después de darle un baño con sales marinas, rociarla con mi mejor perfume, y hacerle un tupé que apuntalé con laca, empecé a llamarla Tobi, le enseñé un par de trucos, le cedí mis deportivas, y me alegré de tener perro.

Después de secarme, perfumado y sin tupé, en albornoz y zapatillas de rizo, quise enfrentarme a la trágica inundación de la planta baja. Desde lo alto de la escalera pude distinguir la tele de plasma, y ya no distinguí más, porque mis ojos se deshicieron en lágrimas y lloré abrazado a Tobi el resto del día. A la mañana siguiente visualicé el aparador que tantos desvelos me había costado montar, (perdí un par de dedos, y me sobraron  piezas, pocas, con las que armé un sofá algo incómodo, un revistero y un marco para fotos), y continué llorando hasta el ángelus, esta vez sin abrazo alguno, pues Tobi observaba receloso a dos metros de distancia. Cuando conseguí serenarme, alcancé a ver los azulejos de la cocina, con su cenefa de zanahorias y puerros, y me entró un hambre voraz. Me lancé nadando escaleras abajo y me arrojé a la nevera, y a punto estaba de hacer mía la única longaniza que flotaba en su interior, cuando mi perro, con traición alevosa, se apoderó de ella, me propinó un mordisco y se alejó nadando escaleras arriba. En mi desesperación le maldije a puño alzado, pero no sirvió de mucho. Abatido, y sin nada que llevarme a la boca, rescaté del congelador una bolsa de palitos de merluza caducados, y regresé al primer piso, para ver devorar a Tobi mi longaniza y mis esperanzas, mientras yo chupaba el rebozado mohoso de los palitos. Este episodio de deslealtad inusitada por parte del chucho, me causó unas horas de desconfianza y rabia. Pensé no dirigirle jamás la palabra, pero como mi casa seguía a la deriva, la planta inferior se había convertido en una bañera sin patitos, y me había quedado sin tele, hice las paces con el animal y retozamos para entretener el rato.

Había que conseguir urgentemente comida. Pescarla era impensable, tengo pánico a las cañas. Me dediqué entonces a cazar peces con la escopeta recortada que me regaló mi madre, experta amazona, antes de fallecer de un tiro accidental en la nuca con un pan de pistola. El plan era perfecto: yo dispararía al primer pez que localizara desde el tejado y Tobi, esta vez bajo solemne juramento, sazonado con ciertas amenazas relativas a su integridad física, se zambulliría a por el pescado para traerlo y compartirlo. Aunque las diez primeras capturas las engulló él, eso sí, no muy lejos de donde yo respiraba, enseñándome los dientes para mostrar quién era el amo, la undécima fue toda para mí, y la degusté con alegría y agradecimiento, seguido de una llantina salada y un hipo molesto que me acompañó el resto de la tarde.

Resignados a continuar nuestro crucero por el río, y añorantes de la tierra que dejábamos atrás, confeccionamos una bandera y la atamos a la antena del satélite. Al poco nos llegó una carta certificada advirtiéndonos de que si íbamos a constituirnos en comunidad autónoma,  tendríamos que aprobar unos estatutos, elegir un representante, adoptar un modelo de financiación, y lo más importante, que junto a la bandera que ondeaba en nuestro tejado debía colocarse la nacional y la del euro. Espantados, nos desprendimos de la autonómica y en su lugar colgamos una pirata. En pleno éxtasis de rebeldía gritamos “alabordaje” y bebimos ron casero, hecho a base de alcohol de quemar aderezado con unas gotitas de colirio, que debía ser colirio de garrafón por los días que nos duró la resaca. Despertando de la nebulosa de aquellas jornadas, advertimos que nos habíamos quedado estancados, no ya tanto en la cogorza adolescente, sino más bien a orillas de un remanso helado. Tierra firme fría, sí, pero tierra al fin y al cabo. Dejamos de ser dos en el instante en que de una patada eché de casa a mi perro, antes rata asquerosa, conocida como Tobi. Achiqué el agua que quedaba en la planta baja, repinté la fachada y vistiendo mis mejores calzoncillos, enfundado en un cobertor, me dirigí a un poblado próximo que resultó ser Zaragoza, con la sana intención de reintegrarme en la sociedad maña. No pudo ser, y tras pagar una multa por escándalo público, volví a casa cabizbajo y algo depre. Tobi reapareció para roerme la tibia en protesta por mi traición, y nos dispusimos a pasar el invierno marginal de los desterrados. Una anciana de noventa y dos años se convirtió en nuestra hadamadrina particular, pues cada tarde nos traía sopa caliente con picatostes. Aprovechaba la vieja tales merendolas para hacer ganchillo y narrar batallitas soporíferas, que yo dormía tan a gusto, con los picatostes metidos en las orejas hasta la hora de la cena. Tobi también contribuía a mi pacífico sorongo, liberando mi tibia mientras sorbía la sopa y la “digestía” en el regazo de la cuentista. Justo cuando estábamos cogiéndole el gustillo a esta vida suntuosa, y nos habíamos avenido la vieja y yo en pareja de patinaje artístico sobre hielo, nos sorprendió la primavera, y mi casa emprendió de nuevo su viaje. Aún recuerdo a la veterana patinadora con los ojos llenos de lágrimas y el pañuelo lleno de mocos agitándolo en ferviente despedida. Tanto lo agitó, que un transeúnte algo ebrio y muy madrugador, mano en alto, y en su mano, un cartón de vino tinto, nos brindó un eufórico: “que les den la oreja, que les den la oreja”. Eso hubiera querido yo, una oreja de toro guisada y unos picatostes para pasar el trago.   

            Inexplicablemente fuimos a parar al mar. Bordeamos la costa plagada de giris bronceados y lugareños negros de arrimar el hombro, hasta dar con un pequeño pueblo pesquero, o sea,  Marbella. Atracamos la casa en el puerto deportivo. Y allí, rodeados de yates kilométricos, chalés en la playa, casinos y salas de fiesta, nos frotamos las manos dispuestos a vivir la vida loca. Nos duró poco el momento alta sociedad, porque se nos embarcó por el morro un político corrupto, que después de darnos un mitin sin globos ni nada, nos obligó a salir pitando del puerto y del pueblecito, alegando un golpe de estado de la mar que nos tuvo tres días pegados a la radio, por temor al exilio. Tobi y yo nos desposeímos de cualquier documentación comprometedora con los sindicatos, los partidos políticos, el realmadrid o el carrefour. Desprovistos de toda identidad y compromisarios de la nueva causa que nos ocupaba, la libertad, compusimos canciones y leímos manifiestos. El político se limitó a visionar fútbol americano, y a llamar a sus amigotes para asegurarse las espaldas y un recibimiento digno cuando arribásemos las costas de Melilla. Fue visto y no visto: nada más llegar, agarró sus bártulos, se subió a un coche oficial, y desapareció echando humo por el muelle. Solos y atontados por el desgaste intelectual que había supuesto nuestra breve pero intensa proscripción, nos felicitamos por encontrarnos otra vez en tierra patria. En esta ocasión, aunque encallados, no me desprendí de Tobi: no en vano le profesaba cierta querencia, sobre todo por el engorde de sus cuartos traseros, que auguraban un asado sabroso y crujiente. Desembarqué de la casa en pos de unas patatas que adornaran mi pitanza, y cuando regresé con las provisiones bajo el brazo, hallé mi hogar a reventar de okupas. Primero fue una fiesta botellón, luego una redada de la guardiacivil, y por último fue refugio de dos hebreos, cuatro jesuitas y un indoasiático, que no dejaba de llamar a Tobi “manjal” y de rociarlo de salsa agridulce. La convivencia de culturas fue un desastre en sus empieces, pasando de la intolerancia religiosa a recitar el catecismo, continuando con una crisis de fe compartida, y concluyendo con unas jornadas de reflexión sobre el tute. Hermanados todos en torno a este juego de cartas ancestral, vivimos unas jornadas de regocijo placentero. Mi casa se transformó entonces en casino espontáneo, y para asegurarnos el negocio hurtamos un ancla y la fijamos al fondo portuario. Henchidos de éxito, clientes y dinero, y cientos de sanciones por abonar, hete aquí que llegó el verano y con el bochorno del desierto mi casa comenzó a evaporarse. Asustado, pero con el recuerdo de la hipoteca a medio pagar, me negué rotundamente a abandonarla, mientras que mis parientes, maldiciendo en diferentes idiomas, empujándose unos a otros y aferrándose a sus ganancias, se arrojaron sin dudarlo a la mar salada. Literalmente en una nube viajamos mi perro y yo de vuelta a la península y, tarareando “volverconlafrentemarchita”,  llovimos sobre nuestro pueblo causando suma algarabía, no ya por el agua que prometíamos, sino porque nuestra odisea había sido acrecentada por boca de juglares y fabulistas. Dos semanas después, reinsertados como héroes en la vida rural y aburridos como almejas, nos dejamos arrastrar por un golpe de viento hacia el océano, proyectando eso sí, una escala en Zaragoza para hacernos con la vieja, la sopa y los picatostes.          
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domingo, 30 de julio de 2017

Por un tren del siglo XXI



La prosperidad. Por un tren del siglo XXI

«Los dos hombres apagaron al unísono las baterías que prendían las lámparas de sus cascos. No acostumbraban a cruzar palabra hasta que la jaula los liberaba a ras de suelo. La proximidad de la boca de la mina les incitaba a tirar de las suyas. El silencio entre humanos regentaba la mayor parte del día, habitaban las entrañas de la tierra como aquéllos que asisten a una ceremonia solemne, los labios apretados, los oídos alerta, cualquier crujido, cualquier arritmia no percibida podía significar un derrumbe, y un derrumbe les abriría las mismísimas puertas del infierno.
-Esto se acaba, Manuel, la mina no rinde, y lo que no rinde no interesa... –aseguró el más avezado, sacando su saquito de tabaco, su papel finísimo y su cajetilla de fósforos. Agradeció la calorina de finales de septiembre, aliviaba la sensación perpetua de humedad adherida a los poros de su piel.
Manuel le observó melancólico rellenar la hoja de papel transparente y enrollarla cuidadosamente entre los dedos, prender la cerilla y con la cerilla el pitillo, y expulsar la boqueada blanquecina que se elevó presurosa para disiparse al instante sobre sus cabezas brillantes de sudor. A lo lejos, las luces de la ciudad comenzaban a salpicar el filo del horizonte.
-Siempre podemos probar en el tren, ése no cerrará nunca –afirmó Manuel, mientras veía alejarse el último convoy de carga hacia el océano. Él sabía que nunca conocería el mar, pero sus tres hijos, sus tres hijos podrían viajar cuanto quisiesen. Si la mina acababa por cerrarse, el material traído del sur aseguraría el jornal para los obreros.
-No te engañes, muchacho: el tren es solo para señoritos. Que tu padre minero, pues tú minero. Que tu padre guardabarrera, pues tú guardabarrera también. Yo lo tengo decidido, si me echan del pozo, con lo que le saque a la empresa, me marcho para el norte, que allí hay corte seguro –apuró el cigarrillo, tosió y se encaramó a la bicicleta-. Voy para la cantina, ¿me acompañas?
Manuel declinó la oferta. Prefería llegar pronto a casa. Su mujer y sus hijos le aguardaban, deseosos de meter mano a la olla. “En la cantina solo hay malditos agoreros” –pensó. Luego se calzó la visera, se metió las manos en los bolsillos y tomó la calle abajo. Distinguió una camada de chiquillos correteando entre las vías: “Como alguno de ellos fuera su Antoñito, aquella noche recibiría una buena tunda…” »
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Adormidera

 Adormidera Cada noche papá entra en mi cuarto, abre las ventanas y cuenta hasta tres. Asegura que esa tercera, la estrella más brillan...